sábado, 15 de noviembre de 2014

Quevedo

Cabrón entre cabrones. Escasos escritores (ninguno) me ha acompañado nunca tanto como este cuernófobo, calvófobo y enorme burlonazo, capaz en pocos párrafos de bajar a los mas profundos abismos de la perfidia, que nunca de la literatura, para al instante subir a las mas altas cimas de la delicadeza, y al que me acerqué por esa perversa fascinación que nos inclina siempre hacia la raza de los acusados, sea cual sea esta, aunque ya pertenezcamos a cualquier otra raza maldita, y que nos hace desear formar parte de la aristocracia del pecado, de todos aquellos pecados por los que merece la pena condenarse.
Fascista antes de los fascismos, supernumerario antes de que desde el pálido busto de Palas se inspirase Balaguer, ultraconservador, racista, homófobo, misógino, si, todo eso y mucho mas, y también genial, que es lo máximo que le puedes pedir a un escritor cuando encuentras (o te encuentra) un libro suyo, y todo lo demás son ganas de marear la perdiz; se es buen escritor por escribir bien, no por tener razón, que para eso ya están los científicos y ningún cura, y siempre resultara mas amena y enriquecedora la sinrazón sublime de un genio a lo razonable y lo tedioso de un Coelho o cualquier otro vergapalida (con los buenos sentimientos no se hace buena literatura, algo así era, y esto ultimo se lo sabía don Francisco mejor que nadie.)
Comenzó escribiendo de oído por los picarescos en sus inicios (Mateo Alemán, Anónimo y esos), hasta que llegó el día que siempre llega en que aprendió a hacerlo escuchándose a si mismo, mojando la pluma en su páncreas para crear un color de prosa inédito hasta entonces con el que tan pronto violaba la gramática como barrenaba al resto de las ortodoxias que tan bien conocía (todas las heterodoxias tienen su ortodoxia, al igual que todas las ortodoxias solo tienen mierda) y que utilizo como apero para, por ejemplo, anticipar el surrealismo en La hora de todos o para explicar mejor que nadie sentimientos inexplicables en Amor constante mas allá de la muerte, para no dejar títere con cabeza en la corte de dos Felipes (III y IV) y para que el último de estos viese como delante de sus reales cojones depositara el poeta un memorándum enmendandole la plana a él y poniendo a escurrir al zampabollos de su valido con todo el riesgo que ello suponía (¿y de que se iba a cortar alguien que en el XVII llevaba gafas?), lo que le llevó a verse con sus huesos en el Convento de San Marcos para que no incordiase, lo mismo que le podían haber facturado a una Siberia a descapullar pingüinos o a columpiar faisanes o a tirar pedos a un pelele, cualquier cosa, pero lejos...
¿Y como podría resistirme a un tipo así?

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