viernes, 25 de marzo de 2016

Fin de semana.

Sábado ya. Jorge sale del taller cansado, pero animado; motivos hay para ello, coño. Va a estar casi dos días sin ver a su jefe, de quién ni le apetece acordarse de su puñetero nombre, ese tipo con careto de aguantar varios días con los mismos calcetines y con alguna rémora, algún secreto, alguna vergüenza o alguna mierda detrás, lo que sea, pero algo que le jode y le impulsa a joder a sus subordinados, a joder por joder, a cargar el ambiente y a putear al personal. Hoy la bulla ha sido por una pieza que no aparecía, una biela, y, cuando por fin ha aparecido bajo un banco apartado, ha continuado por no recordar Jorge que él -su jefe- la dejó allí dos días atrás, pero bien podría haber sido por cualquier otra cosa, o por ninguna, y día sí y día también, o casi. Cuando Esther y la niña estaban parece que todo se aguantaba mejor, la actitud del tipo era la misma, siempre fue la misma, desde el principio, pero existía un sostén, un pilar fundamental, una percha, llamémoslo así, que mitigaba todo aquello, que lo subsanaba, que daba sentido a todo y que le daba sentido a él, a Jorge, pero todo se volteó. Esther y la niña se habían ido, y el repugnante, obvio, se había quedado.

Hoy la comida no es ni mejor ni peor por ser fin de semana que la de cualquier otro día. Macarrones con tomate -tal cual, macarrones y tomate-, y buenos son. Da para esto, pues esto se come, que son cuatro duros o euros o mierdas los que caen, y de ahí se descuentan más de cuatro facturas o recibos o cuentas o su puta madre, y el resto, el sobrante, para lo que viene siendo el vivir, naturalmente, el propio rancho, no mucho ni muy buen tabaco y tres cafés y seis cervezas, o algo así. Una vez terminado el plato, fregadero y pitillo, Jorge se tumba un par de horas, que tampoco tiene nada mejor que hacer - quisiera tener/poder tener algo mejor que hacer- y agarra el sueño recordando a la Esther que quiso, a la niña que quiere, sonriendo torcidamente a amores eternos y otros espejismos, escuchando algún programa de radio que no escucha y bostezando el sabor blanco y frío del vaso de leche. Despierta más tarde de lo que esperaba porque así de trastocado es su ciclo, nunca regular, y tose. Ducha, afeitado, un pantalón presentable y una camisa curiosa, colonia ya no, se lustra así un poco los zapatos, sin excesivo esmero, coge su macuto con sus cosas y sale de esa casa que se le viene encima.

Aún le quedan unas pocas horas muertas hasta las ocho de la tarde, su momento semanal, pero él no se queda en esa casa que ya no es un hogar ni un minuto más de los imprescindibles, prefiere pasear, tomar el aire, bajar al centro a ver y confundirse con el mogollón o ir a un parque y sentarse junto a algo de verde, flores, o quizá agua, que percibir -y constatar- como esas sofocantes paredes ya desnudas se adueñan de su aliento, le doblegan, le recuerdan inmisericórdemente su realidad. Al parque va a ser que no, se levanta aire fresco -muy fresco para la época y para su comodidad-, un cine tampoco, rara vez se lo permite, y aún no se acostumbra a entrar solo, a no sentir el tirón en la manga que le recuerda que olvidó las palomitas, una grande o una pequeña de palomitas, o las dos, las cocacolas correspondientes, o, sobre todo, el reír despreocupado de un gag bueno o malo o el llorar oblicuo y de soslayo ante esa jodía escena que siempre es la misma sin nadie al lado que acompañe cómplice su risa o que, con un mohín de ternura y casi reconvención, le pellizque suavemente la mejilla y acerque a ella sus labios. Cine menos, sentenciado. Recuerda, de pronto, haber leído algo en el periódico sobre un concurso de pintura rápida -o una exposición de pintura, o algo así- allí cerca; no le parece mal plan, le gustan estos certámenes, y, con la salvedad de una feria de arte contemporáneo a la que asistió años atrás y que mas que una exposición le pareció una deposición, pasar la tarde mirando cuadros, apreciándolos -no entra en valoraciones, dentro de sus escasos o amplios conocimientos del tema les aprecia él igual que cualquier otro-, disfrutándolos en la medida que sea le serena, le evade, le abstrae, le permite robar unos momentos inestimables al tedio y al asco, así que no lo duda y se dirige allí.

Sale dos horas más tarde. Era un concurso. Había nivel. Participantes -los más- que considera talentosos, capacitados, desde luego aptos -con mejor o peor técnica o técnicas, con mayor o menor perceptividad y/o fabulación-, y otros qué eso, qué bueno, que también participaban, que sonreían mucho y se hacían ver, que incluso se llevaban premios, galardones, cosas, y sonreían más todavía y más se hacían notar, que van para figuras y como tales ya figuran, qué vale, qué muy bien… nada nuevo. Van a dar las ocho de la tarde, es hora ya de ir cogiendo camino hacia las piscinas.

En el pabellón hace calor, mucho. Una atmósfera húmeda, fatigosa, enrarecida de condensaciones, transpiraciones y grados, y diría Jorge que tropical si conociese él el clima del trópico, pero lo más que se acerca a conocerlo son estas o otras piscinas cubiertas, climatizadas tropicalmente; acude al vestuario, se desviste perezosamente y se coloca su equipación de bañista reglamentario -un bañador. Punto- sale de allí, camina un poco por el recinto, se sienta en una grada de hormigón, cercana a la más pequeña de las piscinas -infantil, la llaman- y espera.

Llegan, como siempre, puntuales. Es una asociación de ayuda a discapacitados que, en esta época del año o según su calendario de actividades, acude semanalmente allí, a las piscinas climatizadas. Los chicos se encaminan entre risas, jaleo y ansiedad a la piscina pequeña, frente a la que está Jorge, los monitores les van metiendo en el agua por turnos, juegan con ellos, les vigilan, se preocupan. Jorge observa, atento, sigue con la mirada todas y cada una de las evoluciones del grupo mientras aguarda, paciente, el turno de María, la chica con lesión medular -conoce su nombre porque escucha ya hace más de un año a sus compañeros y a los monitores dirigirse a ella-; llega su turno, acercan al borde de la piscina su silla y dos de los monitores la sacan de ella cogiéndola “a la sillita la reina”, con las delgadas y blanquísimas piernas de María por delante, y se introducen con ella en el agua.

Hace cosa de año y pico acudió Jorge a estas piscinas por primera vez, por sugerencia de un compañero del taller, “haz ejercicio y tal, coño, que te distraerás”, y, como le salía más barato comprarse un bañador que una bicicleta y además le apetecía dejarse un poco la vista guipando a las gachís, se decidió por el baño. No era buen nadador, en el agua era más bien torpón -no llevaba bien la respiración, se fatigaba, unos pocos largos suponían para él una jupa terrorífica- de modo que, después de su primera visita allí y de apenas quince minutos de ejercicio, se planteó no volver, aquello no era lo suyo, no le iba. Se sentó después de ese primer baño -con casi más decepción que cansancio y con intención de terminar de secarse e irse- en el mismo banco que ocupa ahora en un recinto casi vacío salvo por otros tres maromos y, cuando ya se disponía a levantarse, cambiarse e irse, advirtió que un nutrido grupo de gente entraba en las instalaciones, quince o veinte personas, aproximadamente, calculó; con cierta curiosidad por este hecho decidió no marcharse aún, esperar un rato más, observar a los recién llegados, hacer tiempo.

Reparó desde el primer momento en que se trataba de un grupo de discapacitados y los que suponía sus monitores, sus instructores, los que cuidaban y se hacían cargo de ellos, vaya. No hubiese sido un mal empleo ese -pensó-, cuidar a personas, ayudar a personas, mucho más gratificante y enriquecedor a título íntimo que soportar al vinagres de su jefe, no lo dudaba, o que cualquier otro curre de los que había tenido, y le podría haber dado un sentido a su existencia, le hubiese venido bien, sí. Observo, distraido, como se bañaban -aunque por rigurosos turnos, obligados a ello por el escaso numero de monitores. Tres-, como algunos de ellos jugaban en el agua, como otros se quejaban de la temperatura de ésta -estaba como un caldo, decían, y no les faltaba razón-, como reían, y comenzó a sentirse mejor, hasta que llegó el turno de una chica jovencita sentada en silla de ruedas, de poco más de veinte años, calculó, rubia y guapa, muy silenciosa, de expresión triste y mirada huidiza a la que se referían como María. Dos de los instructores la sacaron en brazos de su silla y procedieron a introducirse con ella en la piscina. A medida que se acercaban al borde pudo advertir Jorge como el semblante de la chica cambiaba notablemente, como sus ojos viraban de la melancolía a la expectación, como dejaba escapar una risita nerviosa y fina, un ayayayayay, hasta que, ya en el agua, flotando, boca arriba y sujeta solo de sus manos por sus cuidadores, comenzó a agitar sus piernas, a abrirlas y a cerrarlas, a jugar con ellas, a sentir autonomía, y gritaba de alegría, y lloraba de felicidad, giraba bruscamente su cabeza para mirar a sus compañeros con sus ojos como platos y mientras lo hacía continuaba gritando, y llorando, y sus gritos eran cada vez más potentes, cada vez más estruendosos, pero a nadie molestaban, miró también a sus monitores, y a los escasos usuarios que se encontraban allí, sentados, y a Jorge también, claro, y éste notó como se le subía el corazón a la garganta y no pudo ya contener las lagrimas, miró Jorge a otros dos bañistas sentados no muy lejos de él y se percató de que se encontraban también en su misma situación, tres tíos grandes como castillos llorando a moco tendido. Aquello duró tal vez quince minutos, tal vez mucho más -Jorge no lo podría precisar- hasta que sacaron a María de la piscina y la devolvieron a su silla, momento en que volvió ella a su silencio. Ninguno de los usuarios allí presentes quiso mirar su cara cuando sucedió aquello, todos ellos agacharon la cabeza y miraron hacía abajo. Largo rato.

Ahora María está de nuevo en el agua. El ritual viene siendo el mismo al que lleva Jorge acudiendo devotamente desde hace más de un año; sus gritos, sus lagrimas, sus movimientos, sus miradas, su expresión. Su gozo, su felicidad. Ella es por unos momentos dichosa y él, cuando esto ocurre, cerca siempre, invariablemente, colmándose de todo ello.

La hora de cierre del pabellón es a las diez y media de la noche, Jorge muchas veces espera a que se vacíe de gente y sale también él. Hoy lo ha hecho igual. Cruza la puerta cargando al hombro el pequeño macuto que apenas pesa, ocupado solamente por un bañador que siempre va y vuelve seco y unas chanclas, y se despide del portero:

- Hasta la semana próxima, Jaime. Buenas noches.
- Buenas noches, Jorge. Hasta el sábado.

Félix García Fradejas.
Marzo 2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.