jueves, 6 de abril de 2017

EL POZO DEL PRESO

Abril. 1990. El barro le formaba una suela grande y fatigosa en sus zapatillas de deporte y le impedía caminar con facilidad, la lluvia del día anterior -de toda la puta noche anterior- había dejado el terreno de la huerta de la "loca Mari" hecho un lodazal, pero después de la media hora de bicicleta que se acababa de comer para llegar allí, internándose además por caminos aislados que no le inspiraban ninguna confianza, tenía que seguir adelante sí o sí.
Conocía el niño, Javi, ese camino de una única vez, el verano anterior, cuando fue allí con Toño, Iñaki y Chumi con la intención de ver el supuesto "pozo del preso" que tenía la loca Mari en medio de su huerta. Ellos nunca la habían visto por el pueblo, solo la conocían de oídas, la "loca Mari", casi desde que tenían memoria, apodada así porque -según rumores- ella, en su juventud, entre comunidades de adoración al arco iris, lsd, alimentaciones macrobióticas y demás mierda jipi se había quedado con la chola más pallá que pacá, hasta concluir su periplo en un autoexilio en la vega heredada de sus padres, ashá en las lindes del pueblico, ché. Habían llegado a un terreno apartado de la mano de Dios, sin nada -absolutamente nada- en varios kilómetros a la redonda, ni vecinos ni plantaciones ni ná de ná. Reconocieron el sitio por la peculiar caseta (que más bien era un caseto) de la que hablaban los chavales mayores que ellos -los mismos que les habían dado las indicaciones para llegar allí-, en la que, al parecer, vivía la dueña de aquello; una choza anacronicamente decorada con infantiloides pinturas de pájaros, setas, mariquitas y demás motivos naif, y con más mierda que la funda un jamón. Aquella vez intentaron internarse más allá, llegar a dónde verdaderamente querían llegar, al verdadero motivo de la excursión: al dichoso pozo, y estaban en ello, adentrándose entre unos cultivos plagados de maleza cuando les salió fulminantemente al paso, chillando como una posesa, una mujer de edad indeterminada (¿cincuenta? ¿sesenta? ¿muchos menos?), peluja, harapienta, demacrada, famélica, con una mirada insostenible por lo demente y una voz insoportable por lo estridente, "¡Hijos de puta! ¡Yo les hacía a vuestros padres lo que no les hacía vuestra puta madre!". Montaron en sus bicis como malamente pudieron y se largaron de allí cagando viruta, entre gargajos, cantazos y con los güevos en la garganta, y quedaron en que en otra ocasión, más adelante -bastante más adelante- volverían a intentarlo, cuando se hubiese calmado la bruja, pero por olvido, desinterés, desgana, ¿miedo? no lo hicieron.
Tiempo después, casi todo un año después, Javi se encontraba allí de nuevo. Solo, sucio, alerta, y con más miedo que vergüenza. A sus doce años, tanto él como el resto de su pandillita -y como casi todos los críos a esas edades-, era un flipado por todo lo que remotamente tuviese algo que ver con lo sobrenatural, con lo misterioso, con lo oculto, y la leyenda urbana o mito rústico de un pozo centenario custodiado por una posesa en medio de la puta nada y que albergaba a un cautivo tiraba demasiado de él desde que la escuchó por primera vez. Evitó como pudo acercarse a aquella caseta, incluso la posibilidad de poder ser visto desde ella, miró y remiró a su alrededor antes de recorrer, pesadamente y sin rumbo definido, cada trecho, consideró y sopesó las ventajas e inconvenientes de avanzar a rastras, como había visto cien veces en las películas bélicas y las de indios, pero aquél barrizal le garantizaba una tunda épica por parte de sus padres en cuanto regresase a casa en modo cosa del pantano, le echó cojones y trepó con suma cautela y con todas las precauciones a un arbolito para poder conseguir una panorámica más amplia del lugar y con la esperanza de divisar al fin el puñetero pozo, y al fin, por fin, le divisó.
Escasos doscientos metros les separaban, una carrerita de mierda -aún con plataformas en el calzado de barro y mierda-, un minuto, ni eso; bajó del arbolito, dejó allí la suma cautela y todas las precauciones y echó galgas hasta el pozo.
Llegó a él y, tras serenar la respiración, encorvado y con cuidado se apoyó en un pretil de piedra de apenas medio metro de altura, contuvo el aliento, se asomó al interior y... nada. Una simple poza de unos cinco metros de profundidad por otros tantos de diámetro dentro de la cual ni había presos ni presas ni Cristo que lo fundó, por no tener no tenía ni agua, tan solo un piso arenoso circunvalado por la pared de piedra lisa y pulida del propio brocal y algunos guijarros de diferentes tamaños en el fondo; en esas estaba, paseando la vista con desgana por aquello y rumiando su decepción, cuando algo inadvertido a su espalda le empujó.
La caída fue más bien trompazo y el trompazo fue más bien hostión, pero pese a ello consideró que no se había roto nada, tan solo las magulladuras y sangre en una ceja, pero nada más grave. Instintivamente elevo la mirada hacia lo alto, a la boca del pozo, y allí se encontraba la loca Mari, mirándolo a su vez, con sonrisa de arpía y expresión enajenada, "¡Hijos de puta! ¡Yo les hacía a vuestros padres lo que no les hacía vuestra puta madre!", repitió una y otra vez durante un buen rato, el niño no se atrevía a abrir la boca, únicamente miraba la representación con cara de espanto, más por plena conciencia del desamparo de su situación que por la actuación turuleta en si, desapareció al cabo la chiflada y quedó él en el fondo del pozo y llorando, y, de haber podido calcularlo, sabría que pasaron tres horas hasta que volvió ella a hacer aparición con un balde lleno de agua que deslizó atado a una cuerda y con poco cuidado hasta él, después de eso le arrojó una bolsa que contenía unos pocos mendrugos de pan duro y media docena de tomates pochos, después de eso se volvió a marchar.
Le resultaba imposible calcular las horas, pero, evidentemente, los días no; a la semana de la caída y estancia ya se había cansado de suplicarle a la bruja que le ayudase a salir de allí porque comprendió que hacerlo no conducía a ninguna parte, ella se limitaba a llevarle agua y restos de comida dos veces al día y a repetir enloquecidamente la misma letanía: "¡Hijos de puta! ¡Yo les hacía a vuestros padres lo que no les hacía vuestra puta madre!". Diez días más tarde llovió, el niño miró hacia lo alto y vio caer un plástico con el que guarecerse y una manta andrajosa y raída con la que intentar abrigarse; lo hizo. Tapado, sentado, apoyada la espalda contra la pared fijó una vez más la mirada al frente: una lagartija bajó poco a poco (había unas cuantas allí) hasta ir a dar a un pedrusco verdoso y con forma de corazón, una vez allí paró y le miró.

Agosto. 2014. Javi bajó la ventanilla izquierda de la cabina, apoyó ahí el brazo, la otra mano sujetando firmemente el volante; en menos de media hora llegaba a casa. A su derecha, en el arcén y bajo un sol de castigo, numerosas mujeres de diversas edades y orígenes se ofertaban a lo largo del polígono a los conductores, unas con menos vestimenta que otras, y otras con menos aún. Javi llevaba en ese tramo un ojo en la carretera y otro en ellas, sopesando diferentes índices de grasa corporal, calculando tarifas y fantaseando posibilidades. Bajo una de las escasas acacias, unas pocas decenas de metros más adelante, algo en una de ellas le resultó familiar, aminoró incluso más la marcha y se fijó en ella con más detenimiento. Decididamente, según se acercaba, la sensación de familiaridad crecía; tal vez un rostro apenas entrevisto, determinada manera de moverse, de gestualizar quizá, pero algo había ahí.
Cuando estaba ya casi a su altura la reconoció. Lisa. Aquella compañera del colegio que le enamoraba. Sin duda era ella. Lisa, la niña guapa, dulce y gilipollas de su clase, por la que él se deshizo en suspiros media infancia y que se ennovió con Román, el niño bien, correcto y gilipollas de su clase, también; dos largos años -dos largos cursos- en los que ininterrumpidamente asistió y padeció el como vivían ellos su amor de gilipollas. Lisa, ¿quién se lo iba a decir a él?
Frenó. "Hola. ¿Cuanto?". "Cincuenta el completo, guapo, y con condón" le contestó ella casi mecánicamente, entornando los ojos por el sol. "Vale, sube." Se dirigió a una zona de descanso cercana, sin mediar palabra con su acompañante (ella no le había reconocido, de eso estaba seguro, de hecho ni le había mirado una vez subió y se acomodó), aparcó, lo más apartado que pudo de los otros dos camiones que allí se encontraban, paró el motor, la indicó que pasase a la parte de atrás, acto seguido corrió las dos cortinas, la siguió, se tumbó en la cama y se desabrochó el pantalón, ella, mientras, cogió un preservativo de su bolso, lo sacó hábilmente de su envoltorio y se lo colocó entre los labios, después, desapasionadamente, bajó la cabeza.
Javi, tumbado, miraba mientras hacia el techo. Colocó una mano tras su cabeza mientras con la otra acariciaba la espalda desnuda de Lisa. Tuvo un impulso de decir algo, pero se contuvo. Comenzó a bombear mansamente la pelvis arriba y abajo. Cerró los ojos. Volvió a abrirlos, al poco, y vio frente a él una lagartija que descendía lentamente, hacía el suelo, la siguió con la mirada y observó como el reptil continuó descendiendo, hasta ir a dar a un pedrusco verdoso y con forma de corazón, una vez allí paró y recibió casi de lleno el salivazo de esperma.
Afuera, arriba, escuchó pasos. La hora de la cena.

Félix García Fradejas
Abril 2017

jueves, 2 de febrero de 2017

LUISÓN Y GWENDOLYN

Ella era rubia, de cabello liso y largo, ojos verdicastaños, guapa, muy guapa, risueña, afable, bonachona, también educada, muy educada, y también padecía gigantismo. En su barrio la apodaban Gwendolyn.
Él era pecoso, de pelo bermejo y así como estropajoso y tez blancurria, payasete, vivaracho y cariñosón, también era flaco, muy flaco, y también era bajito, muy bajito. Sus vecinos le llamaban Luisón.
Ella no tenía aún treinta años, él pasaba los cincuenta, ella vivía con un padre divorciado, bestial, amargante y amargado, él, por su parte, hacía lo mismo con una madre viuda, dramática, castrante y escapulárica. Ella, desde muy niña, pensaba en su padre como en "el enemigo de la vida", él, desde siempre, consideró a su madre "plañidera a jornada completa" y, a cada una de sus neurastenias, resignadamente rebufaba por lo bajini un "...y el lamento tomó ser..." Para respiro de su padre, de llegar a conocer esto, ella aún era virgen, para alborozo (quizá único) de su madre, de haberlo sabido, él lo era también.
Coincidieron en una página de contactos. Se comunicaron por ese medio durante semanas. A ella, después de haber sufrido a lo largo de su existencia las burlas de docenas de anormales, la reconfortaba poder compartir bromas y no ser la causa de ellas, a él, con más de medio siglo a cuestas de sinsabores y desdenes, aquello le permitía mostrarse tal cual era sin temor a réplicas abyectas. Ninguno de los dos colgó una foto propia en su perfil. Ella le dijo que era alta, él la contestó que él no.
Tuvieron su primera cita en una cafetería conocida por ambos, él se presento allí quince minutos antes de la hora acordada, ella diez. Se reconocieron por la ropa que se dijeron que llevarían puesta; él estaba acomodado en la barra y ella vio que en la banqueta le colgaban los pies a media asta, él, por su parte, contó hasta tres lámparas bajas de hierro forjado bajo las que ella se agachaba hasta llegar a su altura; al desconcierto inicial ella le echó un par de ovarios y él dos güevarios.
Continuaron viéndose en el mismo café durante dos semanas más; complementaban estas citas con largas videoconferencias durante todas esas noches, siempre después de la cena, luego de las cuales ella se acostaba con una sonrisa beatífica en el rostro, él con un temor sordo al abandono.
Aprovechó ella que su padre viajaría ese próximo fin de semana a visitar a una hermana suya que residía en otra ciudad (excusa que utilizaba él siempre que organizaba, con otros dos antiguos compañeros de la mili, una algarada a los lupanares de la capital; homenaje que se redondeaba pasando la noche del sábado borrachos como corzos, metiendo la pata y durmiendo de pensión) para invitar a cenar en su casa a Luisón. Llegó el gran día. Él, con los invariables quince minutos de adelanto, se personó envuelto en una nube de perfumes por los que había pagado un potosí, con un ramo compuesto por una docena de rosas rojas en una mano -le inquietaba la reacción de ella ante el color elegido, pero se decía a si mismo que los cojones, para las ocasiones- y una caja de bombones en forma de corazón en la otra -"ya, de perdidos, al río"-; los dos besos en las mejillas que ella le dio al abrirle la puerta sonaron con más fuerza de la habitual.
Antes de cenar, ella le enseñó su habitación. Una cama niquelada, antigua, bien conservada y que a él le pareció muy bonita. Grande, como no podía ser de otro modo, y con el piecero sustituido por un arcón de roble sobre el cual reposaba una pequeña manta doblada -él, ante el tímido intento de explicación por parte de ella de esta variación, la atajó componiendo un gesto de sobreentendido y ofreciéndola su mejor sonrisa; ella disimuló un suspiro y se la devolvió-. A cada lado del cabecero, y sustituyendo la tradicional mesilla de noche, se encontraban dos damajuanas conteniendo ramilletes de lavanda -planta a la que ella siempre se refería como "alhucema", nombre que la resultaba mucho más evocador- que impregnaban suavemente de su aroma la estancia. Presidía, situado encima del cabecero, la alcoba un óleo de gran tamaño pintado por ella, una estampa nocturna: nenúfares en un estanque de libélulas azules, imagen que la vino dada por la canción de un poeta que se llama Manolo y se apellida García.
Agradeció mucho ella el gesto de admiración con que contemplaba el cuadro él, y le preguntó por la decoración de su dormitorio; la hizo él un repaso escueto de su escueta habitación, pero se abstuvo de comentarla que las únicas fotos que habían colgado alguna vez de sus paredes pertenecieron a modelos a las que soñó montar.
Pasaron después al comedor. Él, caballeroso, retiró una de las dos sillas dispuestas frente a la mesa y aguardó a que ella tomara asiento antes de hacerlo él -era un gesto que había visto en infinidad de películas y que siempre deseó realizar-, le sonrió ella y pronunció un "merci" en un más que correcto francés. Se dispusieron a cenar: Dorada al horno de primero, seguida de pollo asado, y, contra lo que a primera vista pudiera parecer, dio él mejor cuenta de los platos de la que dio ella, salpicando de elogios entre bocado y bocado a las cualidades de la cena y de la cocinera, percatándose en dos ocasiones de que ella no solo se llevaba la servilleta de hilo hacía los labios; también, con disimulo y sin perder en ningún momento la sonrisa, la dirigía hacía sus párpados.
Después de la cena vino el café, después de éste, y ya en un sofá, llegaron dos vasitos de un licor que a ambos les rascaba en la garganta ya que ninguno de ellos bebía, luego las confidencias, las risas fáciles por cualquier tontería, las rodillas o las manos que se rozaban sin querer queriendo, las miradas que se sostenían durante un segundo más de lo que marcaba el protocolo, hasta que, interrumpiendo un comentario inocente de él, ella le besó.
Diez o veinte minutos después -ninguno de ellos lo hubiese podido precisar- él señaló hacia el pequeño tocadiscos que se encontraba en un rincón de la sala sobre una mesita y la preguntó si le concedía un baile, le miró ella con arrobo, asintió y contestó que sí, pero con la condición de que fuese ella quién eligiese la canción; se levantó, se dirigió a una librería cuyos estantes rebosaban los libros y discos que ella había ido atesorando desde su infancia y eligió un single, le mostró la carátula a él y sonrieron los dos. En más de una ocasión habían hablado del especial cariño que sentían ambos por ese tema en particular; en ese momento decidieron que aquella sería SU canción.
"¡Damas y caballeros! ¡Queridos niños y queridas niñas! -declamó teatralmente él después de incorporarse- ¡Para todos ustedes, la maravillosa Radio Orquesta Topolino interpreta su mundial éxito Mi casita de papel!"; acto seguido se acercó a ella y la tomó de la mano, la atrajo suavemente hacia sí, rodeó en parte con el brazo libre su cintura y, reposando la mejilla contra su abdomen y cerrando los ojos, se dejó guiar al son de los primeros compases de la canción.
Veinte veces que alguien les hubiese dicho a cualquiera de ellos tiempo atrás que llegarían a experimentar lo que en ese momento experimentaban, veinte veces que no lo hubiesen creído, "...está tan cerca el cielo que parece...", ella -siempre sensible- lloraba de felicidad; él intentaba mantener el tipo, pero la dicha que sentía le hacía llorar, "...pasaremos la noche en la Luna...", ella se inclinó, él se irguió y volvieron a besarse, "...viviendo en mi casita de papeeeeel... Oliari uh uh uh."
-¿Bailaría ahora conmigo el Tiro-Liro?  
-Bailaría lo que usted me pidiese...
-Señorita, permítame decirla que es usted sencillamente deliciosa...
-Luis, por favor, quiéreme...

Unas cuantas horas después, ya al despuntar el alba y con los primerizos rayos que se colaban en el dormitorio por los huecos de la persiana mal cerrada, la expresión del rostro de ella no podía ir acompañada mas que de las melodías de "La mañana" de Edvard Grieg; en esa armonía con todo se sentía. Notaba, eso sí, en su medio despertar, cierta molestia, cierta incomodidad en la espalda, pero nada que fuese ella a permitir que la arrebatase ese momento de tranquilidad plena, de total y absoluta calma, consciente como era de que no en otra cosa consiste la verdadera felicidad; inspiró hondo, suspiro complacida y, sin aún haber abierto los ojos ni desdibujar su sonrisa, se volvió a dormir.
Cuando volvió a despertar la molestia en la espalda había pasado a convertirse en dolor, unida a una creciente sensación de desorden que se abría paso en su mente, la impresión de que algo ahí fallaba: no escuchaba la respiración ni notaba nada que indicara la presencia de él allí con ella, solo ese dolor en la espalda. Sobresaltada, se incorporó. Miró a uno y otro lado pero no, allí no veía a Luis. Una punzada en el corazón, un presentimiento trágico e instantáneo la hizo girar bruscamente el cuello hacia atrás. Ahí sí le encontró. Bajo ella, Luis yacía con la boca semiabierta, los ojos semicerrados, lívido, inmóvil. Muerto. Espantada, giró bruscamente y acercó el oído a su boca. Nada. Ningún aliento, ninguna respiración. Inmediatamente examinó también su pecho. Nada. Ningún latido, ninguna palpitación. Nada. Puso una mano en su cara, la agitó violentamente y la abofeteó. Nada. Nada. Nada. Rompió a chillar, la acometió un incontrolable llanto agónico. Le suplicó. Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. "¡Levántate, amor! ¡Levántate amor! ¡Levántateamor!" Nadanadanadanadanada. Sus propios gritos la impidieron oír que se había abierto la puerta de la calle, ni los pasos presurosos que se acercaban a su habitación, hasta que una voz atronó a su espalda: "¡PUTA! ¡ZORRA! ¡¿ESTO ES LO QUE HACES CUANDO YO NO ESTOY?!"

Tres horas más tarde, el forense dictaminó que la muerte del hombre pequeño había sido producida por asfixia. La mujer grande, a quien se encontró tendida a su lado sobre la acera, en cambio, había fallecido a consecuencia del politraumatismo causado al precipitarse al vacío desde una ventana de su vivienda, situada en un sexto piso; la autopsia realizada a los dos cuerpos reveló, igualmente, una diferencia de varias horas entre ambos fallecimientos. Se observaron, una vez concluido el examen pericial, diversos indicios -señales de forcejeo y contusiones pre-mortem en la mujer, ocasionadas momentos antes de la muerte- que señalaban al padre de ésta -presente en el domicilio en el momento de acudir allí la policía nacional al aviso de la llamada telefónica que alertó del suceso- como principal sospechoso del crimen al no haber podido ser ocasionadas por la otra víctima -fallecido horas antes, como desveló la autopsia-, indicando asimismo que el cuerpo del hombre también pudo ser arrojado a la calle por él.
Los dos cadáveres fueron hallados desnudos.

Félix García Fradejas
Febrero 2017

viernes, 16 de diciembre de 2016

EL LIBRO ABANDONADO

"Vivencias y convivencias de don Leandro Cimbrón" se titulaba el librito, una novelita corta y de autor anónimo que Alejandro Ramón encontró aquella mañana en su buzón, sin ningún envoltorio ni dirección ni remitente alguno, "Alguna campaña de esas de repartir por aquí y por allá libros para que los encuentre un lector anónimo y los aproveche", pensó, se lo guardó en el bolso del chaquetón, salió a la calle y se encaminó, como todas las mañanas a esa hora, al bar de enfrente, a desayunar antes de acudir a su sesión diaria con el fisioterapeuta.
"Buenos días. ¿Uno con leche y dos churros?", casi afirmó mas que preguntó el camarero a Alejandro R., devolvió el saludo y asintió éste, esperó a que le sirvieran y, ya con el desayuno, se acomodó en una de las mesas libres, recordó el librito que acababa de encontrar y se dispuso a echarle un ojo, a ver de qué iba aquello.
Aquello le pareció un coñazo. No era muy aficionado a la lectura, apenas el periódico y poca cosa más, y que un tipo al que no conocía le contase la vida de otro tipo que además no existía se la traía así como un poquito floja, así que después de un par de primeras páginas -en lo que se le enfriaba un poco el café- para él soporíferas ya estaba casi decidido a cerrarlo y dejarlo olvidado ahí mismo cuando leyó el siguiente párrafo: "...desayunaba don Leandro mientras leía un libro muy aburrido con que anónimamente alguien le obsequió, y a un punto estuvo de lanzarlo por la ventana que de su estancia daba al jardín, pero, quizás con remordimiento por el desconsiderado detalle que ello supondría, no lo hizo; lo guardó, terminó el desayuno, se compuso y salió de la cámara" Otro habitual de la cafetería se acercó a saludarlo, interrumpiendo su lectura, conversó con él unos instantes sobre naderías y se marchó. Tomó Alejandro R. su café, comió sus churros, se guardó de nuevo el libro y dejó la mesa libre.
Sentado en el bus de camino a la clínica, con la pierna izquierda totalmente estirada porque su maltrecha y recién operada rodilla no le permitía otra postura más decorosa, observó con mal disimulado interés a un pequeño grupo de para él perturbadoras veinteañeras situadas a escasos metros de su asiento (para él perturbadoras porque, divorciado dos años atrás y sin ningún trato carnal desde hacía cuatro, cualquier mujer en edad de conducir y con al menos tres dientes se le antojaba Sofía Loren), veinteañeras que pillaron en falta al cincuentón, le dedicaron oportunas miradas desdeñosas e incluso una de ellas le mostró un dedo extendido con expresión de "Monta aquí y pedalea, chato"; Alejandro R., abochornado y ya sin saber a donde dirigir la mirada, volvió a recordar el libro, lo sacó apresuradamente y lo abrió por una pagina al azar : "...escuchó don Leandro dolido, ya que el elevado vocerío se imponía por sobre las demás conversaciones, ruidos y bisbiseos, como aquellas muchachas, en el compartimento contiguo de aquel mismo vagón, hacían burla y chanza de él por haber pretendido iniciar éste un estéril y disparejo galanteo con ellas, sus edades rondando los dos decenios mientras la suya propia rebasaba holgadamente ya el medio siglo..." Mientras leía este fragmento llegó el bus a su parada y bajó Alejandro R..
En la vacía -salvo por él- sala de espera de la clínica aguardó pacientemente su turno. No fumaba, y aunque lo hiciera le hubiese dado lo mismo porque allí no se podía, así que mató los primeros momentos tamborileando con los dedos en el reposabrazos de su silla; entró entonces en la sala un caballero conversador que tomó asiento a su lado y, una vez hecha la que él creyó pertinente presentación, pasó a relatar con precisa minucia todos sus males y dolencias a Alejandro R., interesándose impertinentemente a su vez por los correspondientes achaques de éste. Media hora más tarde un pequeño altavoz situado en la parte alta de una de las paredes informó al cotorro que pasase al box numero tres; exhaló profundamente Alejandro R. y, aliviado y a falta de cualquier otra cosa en que entretenerse, sacó de nuevo el libro y lo volvió a abrir al azar: "...torturaron a don Leandro largas horas con sofisticadas y cruentísimas técnicas con objeto, como no, de sonsacarle aquella información, pero, a punto ya de quebrarse su voluntad, llegaron con recado al verdugo para que suspendiese los tormentos que tan inhumanamente infligía..."; en aquél momento le avisaron también a él por megafonía de que se dirigiese al box numero dos.
- Buenos días, Alejandro, ¿que tal hoy? -lo saludó su fornido fisio y, sin esperar respuesta, agregó: Ya sabe, quítese el pantalón y túmbese en la camilla boca abajo.
-Buenos días, Miguel. Igual que siempre -respondió Alejandro R. al fisio al tiempo que obedecía sus rutinarias instrucciones.
-Hoy no podremos escuchar la radio mientras hacemos los ejercicios, Alejandro, se me fastidió ayer tarde el aparato. A ver si hoy mismo compro otro, que si no tantas horas aquí se hacen aburridas, figúrese...
-Sí, sí... Bueno, que le vamos a hacer... De todas formas tengo aquí precisamente un libro que he encontrado, así que si no tienes inconveniente le echaré un vistazo mientras tú me descacharras la pierna, ¿no te molesta, verdad?
-De acuerdo, claro, ¿por qué habría de molestarme? Usted distráigase con lo que mejor le parezca, no faltaba más...
Procedió el fisioterapeuta a maniobrar la pierna de su paciente, sujetando firmemente bajo su mano la cara interna del muslo mientras con su otro brazo flexionaba la agarrotada rodilla todo lo que ésta daba de si, concluido esto, comenzó a aplicar un vigoroso masaje con sus nudillos a lo largo de la extremidad; Alejandro R., mientras, entre bufido, quejido y resoplido, abrió nuevamente el libro por cualquier sitio: "..su sádico compañero de celda, prendido éste por execrables forzamientos a gran abundancia de ciudadanos de uno y otro sexo y sin observar entre ellos el mínimo distingo de clase, creencia o posición, inmovilizó a don Leandro en su camastro y lo vejó inmisericórdemente per angostam viam, como diera en llamar a esa cópula nefanda por ejemplo Marco Aurelio, durante horas y horas y más horas..."
 -Alejandro, levante un poco el culo p'arriba, que le voy a apartar el calzoncillo para trabajarle hoy también el glúteo.
Aterrorizado, Alejandro R. cerró violentamente el libro, y notó como una gota de sudor frío resbalaba por su frente y su nariz para ir a estrellarse contra la cubierta.
-¿Le ocurre algo, Alejandro?
-No... no...-contestó con voz temblorosa el aludido mientras acataba aún más trémulamente su última indicación. Despacio, rilando, puso el culo semi en pompa; el fisio le bajó hasta medio muslo el calzoncillo y prosiguió con el masaje. Mecánicamente, Alejandro volvió a abrir el libro, obedeciendo a una necesidad imperiosa de leer en él lo primero que de él emergiese, ya enteramente a modo de tabla de salvamento: "...se cernió de imprevisto sobre la estancia una total y completa oscuridad, quedando allí don Leandro preso de la más funestas cavilaciones..."

Un fuerte chispazo a escasos metros anunció el corte de luz.

Félix García Fradejas
Diciembre 2016

martes, 13 de diciembre de 2016

DOS MUJERES

Es que mira que era guapa la jodía. Cuanto más la miraba, adormilada ahora como estaba y a su lado en la cama, más le gustaba. Que ojos, que boquita, que pelo, que tó. "Que descanses, cariño, me quedo dormida...", le dijo somnoliéntamente Anabel, le besó en los labios, apoyó la cabeza en la almohada y se durmió; él permaneció mirándola (admirándola) un rato más, hasta que por fin también a él le venció el sueño y cerró los ojos.
Creyó que era el sonido de un avión volando bajo lo que le había despertado, pero no era eso, que va... A su lado tenía a una tipa contrahecha y más fea que un demonio roncando como una mala bestia. El pelo fosco, grasiento y desgreñado la caía por una cara que parecía un culo; la boca entreabierta, de la que salía un hedor a cuco insoportable, dejaba ver unos dientes desproporcionadamente grandes, escasos y en su mayoría pochos. Tumbada boca abajo apoyaba su cabeza o lo que fuese aquello en un brazo informe y peludo. Sobrepuesto al sobresalto inicial la observó con más detenimiento, "¿Pero que cojones es esto? Joder, si tiene pelo hasta en los dientes..." se dijo, y recapacitó: "Esto va a ser el bocadillo sobrasada que he cenado, que me está haciendo mala digestión... si es que solo se me ocurre a mí..." Reconfortado con este razonamiento que le otorgaba la certeza de que se encontraba inmerso en un mal sueño confió en que pasara pronto éste, cerró de nuevo fuertemente los parpados, apretó las manos contra sus oídos y esperó.
No tenía forma de saber el tiempo que había pasado, ni tan siquiera podía calcularlo en base a la ya de por si insegura medición de la duración del pensamiento porque no recordaba haber pensado en nada, haberse distraído con ninguna idea, tan solo la sensación de bruma, de vacío, de limbo incomputable por extenso o breve; abrió los ojos y allí a su lado estaba ella, Anabel, con su olor a mujer dormida, su temperatura adorable, el susurro de su respiración tranquila y su dulce aliento. Después del susto del que venía le pareció que la quería todavía más. Reposó su mano en el costado de ella y así, mecido en la suave cadencia de esa respiración volvió a sentir que le abandonaba mansamente la consciencia.
"¡¿Quieres dejar de dar tantas vueltas, pedazo gilipollas?! ¡¡Que m'has dao un rodillazo en tol coño!!" bramaron a su lado. Espantado, giró la cabeza hacia donde provenía el rugido y la vio. "¡¡Hostiás!! ¡¡Otra vez el orco!! ¡¡Me cago en la sobrasada y en la madre que la parió!!" Reculó tímidamente hacia el borde de la cama, alejándose todo lo que le era posible de aquella mujer tan feroz, y comprobó que ni la conciencia de su naturaleza irreal, la de ella y la de la situación que estaba experimentando, contribuía a apaciguarle el pulso. Con los ojos como platos advirtió como la expresión de su acompañante evolucionaba sin apenas tránsito de la bestialidad a la golosonería "Oye, pichabrava -le musitó/semigraznó con un tono lento, quedo, en un patético intento de sensualidad-, ya que me has despertado ahora me tendrás que entretener, ¿no?, tendrás que hacerle jueguecitos a tu nena, ¿a que sí?, ¿a que sí?", y, dicho esto, montó súbitamente encima de él, a horcajadas, inmovilizando sus brazos en una presa de la que le resultó imposible zafarse y le forzó a entretenerla tres veces -las dos primeras sin sacarla-.
"¡Menuda puta pesadilla!" se decía resollando él, completamente deslechado y cubierto en su totalidad el cuerpo de sudor, mientras a su vera roncaba nuevamente la fiera, acompañando esta vez sus estertores con estruendosas ventosidades, formando así un macabro y ensordecedor sonsonete que conseguía que, en comparación, Paquirrín pareciese Caruso. "Joderjoderjoderjoderjoder... Quiero despertarme... ¿Dónde está mi Anabel?", se repetía a si mismo, perplejo ante la pasmosa capacidad de la propia psique de ponerle a uno la cosa chunga desatendiendo el más elemental instinto de supervivencia, el mínimo e imprescindible buen gusto y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, "Solo falta que también aparezca ahora aquí el cabrón de mi encargado para acabarlo de bordar..."; se volvió hacía el lado contrario y vio en la mesilla de noche que allí se encontraba una foto enmarcada; en ella aparecía aquella mujer, vestida de novia, mirando al objetivo con una mueca que pretendía sin conseguirlo parecer una sonrisa humana y agarrando (apresando) el brazo de un hombre con cara de suicida. Fijó la vista en aquel hombre y se percató de que no era otro sino él mismo. "Quiero despertarme quiero despertarme quiero despertarme quiero despertarme..."
Otra vez el delicado ronroneo, la suavidad y la calidez de la piel de un muslo rozando el suyo bajo las sabanas, ese olor... Otra vez Anabel. Infinitamente aliviado se acercó a ella y cuidadosamente la besó en los parpados, apenas un roce, para no despertarla; esbozó una de las mayores sonrisas de sincera satisfacción que había compuesto nunca y se incorporó, dispuesto ya -vista la claridad que despuntaba en la ventana- a levantarse. Sentado al borde de la cama, acercando con un pie hacia si las zapatillas, miró la foto colgada en la pared: Anabel, irresistiblemente hermosa, con un vestidito de vuelo, sonriendo radiante al objetivo y tomada de la mano del cabrón de su encargado.
-¡¡¡Mierdaaaaaaaaaaaaaa...........!!!
-¡¿Otra vez me has despertado, pedazo gilipollas?! ¡¡Pues a cumplir!!

Félix García Fradejas
Diciembre 2016 

lunes, 9 de mayo de 2016

Refracción

¿Desde un principio dice usted, señoría? De acuerdo.

Me enteré del caso de los asesinatos en Alicante una vez allí. Hace tiempo que he dejado de seguir los noticiarios en televisión, y tampoco leo el periódico; sinceramente, tal y como está el panorama, y llámeme egoísta si así lo desea, cada vez me importa menos lo que ocurra en el mundo.
Como le decía a su señoría: llegué a Alicante hace dos semanas -un martes, para ser preciso- y dos días después escuché en el comedor del hotel donde me hospedaba que habían asesinado la noche anterior a una pareja de turistas, ingleses y de mediana edad, por lo visto, y con un ensañamiento terrible -contaban que la sangre de las víctimas impregnaba casi totalmente el pavimento en un radio de unos quince metros alrededor de los cadáveres-; ya le he procurado aclarar antes que no sé si se trataba o no de las primeras víctimas dada mi negativa a informarme por televisión o prensa de las noticias -o mi indiferencia, pueda ser-, el caso es que no experimenté la inquietud que requería el momento, al menos no lo hice de la manera en que si lo hubiera hecho hace tiempo, en que seguramente hubiese agarrado las maletas para largarme de allí inmediatamente y volver a la tranquilidad de mi casa y de mi entorno, sino que terminé de comer, subí a mi habitación, me cambié y bajé a la playa, donde pasé toda esa tarde.
Esa misma noche, sobre las once, tal vez, y mientras tomaba un refresco en una terraza cercana al paseo marítimo, pude escuchar a mis vecinos de mesa hablar otra vez sobre el caso; comentaban además qué, seguramente, abandonarían su hotel a la mañana siguiente, y ahí sí que comencé a tomar la medida de la gravedad del asunto, al notar el temblor rayano en el pánico de sus voces, de todas ellas. Esta vez si que no le diré que no regresé intranquilo a mi hotel.
El día siguiente transcurrió, para mí, con toda la normalidad del mundo, en cambio sí detecté la alarma, incluso espanto, en las expresiones de buena parte de los huéspedes, que hablaban en corrillos ansiosos; por la calle la situación no variaba mucho. En los bares y tiendas que frecuenté pude notar la misma desazón en el ambiente, la misma zozobra, incluso advertí aquella misma tarde, ya en la playa, que, pesé al calor sofocante que hizo ese día, el volumen de público había descendido una barbaridad, algo inaudito, y qué ni una sola familia con hijos pequeños a las que pude observar dejaban a estos alejarse de su mano ni tanto así.
Horas más tarde, a la noche, ya ocurrió algo que me involucró, contra mi voluntad, que duda cabe, pero que me involucró al fin. Paseaba por unas calles por las que no había estado antes, lejos del paseo marítimo y de la zona turística en general, haciendo turismo a mi manera, ya se imagina, por no ver otra vez lo de siempre, y, mientras lo hacía, no pude evitar pensar en todo el tema éste de los asesinatos, y créame, sentí miedo. Mucho miedo. Por la zona en la que yo me encontraba apenas se veía a nadie, si acaso unas pocas personas por delante y muy lejos de mí, tampoco había tráfico, así que apreté el paso y… a ver como le explico yo esto para que me pueda entender, aunque créame que ni yo mismo lo consigo… A ver: ¿conoce usted la sensación de déjà-vu, verdad, la sensación de familiaridad respecto a algo de lo que conscientemente no recordamos que ya nos haya ocurrido, pero que a pesar de ello experimentamos claramente esa familiaridad, no? Pues sin ser exactamente eso, algo de algún modo relacionado noté yo en ese momento del que le hablo; una sensación de irrealidad, de desplazamiento, de no-familiaridad respecto al plano en que me hallaba -desconozco si existe una terminología para este fenómeno-… ¿entiende lo que quiero decir? Sé que es complicado, desde luego, pero no puedo explicárselo de otro modo, no encuentro otro modo. Prosigo. Preso de esa sensación de la que le hablo, supe -así, con toda certeza: Lo supe- que detrás mío se iba a cometer en ese mismo momento otro asesinato.
Fue como una explosión, o, para ser más concreto, como muchas pequeñas explosiones, como cuando arranca repentinamente la tormenta. Gire la cabeza hacia atrás y vi, en la semioscuridad que allí predominaba, los contornos de varias personas de las que no pude distinguir rasgo físico alguno -ya digo que por la penumbra, por la brevedad del momento, por mi lógica agitación-, todas ellas envueltas en una especie de rápida traca carmesí, y acompañada la escena de chillidos, alaridos e, incluso, juraría que alguna risotada, además de algo parecido al fragor del estallido de múltiples globos llenos de agua precedido casi imperceptiblemente por ese otro sonido tenue que apenas alcanzamos a apreciar en las carnicerías cuando filetean una pieza de hígado, pero con una frecuencia más aguda, más alta, casi chirriante. Sufrí en ese instante un terrible escozor en mi espalda, como si me hubiese alcanzado un zarpazo de un animal salvaje, y huí inmediatamente, sin ningún conocimiento de quién pudo ser mi agresor -¿cómo podría yo haberle identificado en una situación como esa?- pero con la certidumbre de qué él sí sabía de mi existencia, e igualmente sabía que había sido testigo de todo aquello, y de esa manera, con ese aviso del zarpazo, me hacía saber a mí que entre él y yo ya se había creado un vínculo.
A la mañana siguiente, y sin tan siquiera haberme preocupado por el estado de mi espalda en ningún momento -recalco: En ninguno- bajé aún antes de desayunar a comprar el periódico local, cosa que no había hecho yo en mi vida; no me fue necesario ni abrirle, imagínese. En primera página, ocupando casi toda ella y a todo color se podía ver una fotografía de la escena -el escenario, quiero decir- que presencié apenas unas horas antes: Una calle teñida -desbordada- de sangre. Reconocí la calle inmediatamente, como ya habrá imaginado. La noticia informaba de que un grupo de jóvenes de la localidad -cinco, en concreto: tres hombres y dos mujeres, con edades comprendidas entre los veintinueve y los treinta y dos años- habían sido hallados muertos en un suburbio de la zona, brutalmente acuchillados y despellejados, literalmente. Se hablaba de una especie de Jack el destripador pero sin distingos. También revelaba el diario que, según testigos, habían sido vistos todos ellos pocas horas antes de encontrarse sus cuerpos en compañía de una sexta persona -varón, declararon unánimemente- y aún sin identificar; solo se sabía de él que era alguien de aproximadamente la misma edad que las victimas, de aspecto normal y desconocido del lugar; forastero, tal vez. Coincidían los testigos en que todos ellos habían reparado en la actitud extremadamente jovial y obsequiosa del extraño para con sus acompañantes -totalmente artificiosa, aseguraban, detalle por el que recordaban esto-, y en su demanda constante de atención.
A partir de ahí no leí un solo párrafo más, señoría; tiré el periódico a la primera papelera que encontré y decidí desayunar en alguna terraza al aire libre, a ver si así se me calmaba la sensación de ahogo que por otra parte me impedía hacerlo en ese buffet abigarrado y claustrofóbico de mi hotel.
Llevaría una media hora sentado, así, aproximadamente, en una terraza, bajo una sombrilla y notablemente ya más tranquilo, cuando pasaron ellos frente a mí. La pareja -el matrimonio, o lo que fueran- tenían una edad cercana a la jubilación, portaban maletas y bolsas de viaje ambos y alternaban miradas sonrientes entre ellos, hacía la cúspide de los hoteles y resto de edificios -considerablemente elevados en esa zona en que nos hallábamos- y sobre todo hacía su acompañante, un hombre que intuí joven por su manera de desenvolverse, pese a no conseguir entonces verle el rostro, que insistía en ayudarles con el equipaje.
Me asaltó súbitamente esa misma sensación de irrealidad de la que le hablé antes, ese déjà-vu que no era en propiedad un déjà-vu, y supe de nuevo -y también de nuevo con toda certeza- que aquella pareja iba a ser asesinada, y que su ejecutor ya se encontraba con ella. Quedé en shock.
No pude advertirles, no pude reaccionar, me encontré totalmente impedido para hablar, para levantarme de mi asiento, para realizar cualquier movimiento o cualquier acción, ni siquiera para discurrir o razonar con un mínimo de sensatez; tan solo pude asistir -mientras ellos ya me daban la espalda y cruzaban a la acera contraria- a la excesiva y sofocante disposición, al desparpajo forzado y a la complicidad servil con que aquel otro hombre les obsequiaba.
Se introdujo de repente el matrimonio en el vestíbulo de un banco casi frente a mí -pude ver por su cristalera que se dirigieron a un cajero automático- y el tercero quedó en la calle, a su espera, visiblemente nervioso aunque, como le digo, hasta entonces solo le vi de espaldas, pero sus movimientos le delataban, y fue justo entonces cuando hizo algo que arremetió por encima de mi conmoción, actuó como una bofetada sobre mí y me sacó de ella: Gritó. Un grito enloquecido, demente, escalofriantemente perturbado y enfermo, un grito que sin rastro de piedad trasmitía una insoportable agonía, un tormento insufrible, mucho más allá de cualquier lógica y de toda comprensión, un grito que pudo durar ocho, diez, doce segundos, consiguiendo que cundiera el pánico entre los escasos viandantes y resto de clientes de aquella terraza en que yo me encontraba y que sin más, secamente, cesó.
Salté en ese momento de mi silla y corrí en dirección contraria al psicótico, llevándome por delante otras sillas y mesas, caí y me incorporé en apenas el tiempo de darme cuenta de ello, y, en mi escapada, escuché tras de mí una voz que inmediatamente reconocí como la de aquel tipo y que no dudé de que iba dirigida a mí, increpándome “¡¡¡EHHH!!! ¡¡¡ERES TÚ!!! ¡¡¡PÁRATE!!!” Ahí sí que eché el resto. Con el corazón en la boca y los pulmones abrasándome el pecho aceleré hasta el mismo límite de mis facultades mientras sentía que alguien a su vez corría tras de mí y acortaba progresivamente nuestra distancia en esa calle ahora despoblada, giré una calle, continué corriendo unos segundos más y vi mi hotel, entré atropelladamente en el vestíbulo, con el consiguiente sobresalto de los clientes que allí se encontraban, me giré y no pude ver ni rastro de mi perseguidor; a punto estuve de gritar, no sé si de la insoportable acumulación de nervios, de alivio o de qué, pero no lo hice. Me agaché, tomé aliento durante unos segundos y -tremendo error mío, que no sé a qué atribuir- pasé de largo por la recepción y su boquiabierta encargada sin dejar constancia del suceso para que avisasen inmediatamente a la policía y me dirigí al ascensor, con la exclusiva idea en mente de encerrarme en la seguridad de mi habitación, intentar calmarme, recapacitar sobre lo que me acababa de suceder y tomar alguna decisión respecto a ello.
Avisé el ascensor y, mientras le esperaba, fui notando que retomaba mi respiración normal. Se abrieron las puertas y pasé al interior. Pulsé el botón con el numero de mi planta, se cerraron las puertas y, abrupta e inesperadamente, sentí una presencia tras de mí.
Por mero y elemental instinto de supervivencia inicié un rápido y mecánico giro hacía quién quiera que fuese que allí se encontraba, intento que se vio malogrado cuando un antebrazo hizo una hábil presa contra mi cuello sin yo poder evitarlo, inmovilizándome por completo. El calor de un aliento se dejó sentir junto a mi mejilla, y una voz que no me era desconocida, ahora tranquila y susurrante, se abrió paso hacía mi oído: “¿Por qué nunca me haces caso? Levanta la cara y mira hacía el frente ¡Mira!”  

Obedecí y alcé el rostro. El reflejo de mí mismo que me devolvió el espejo del ascensor se correspondía a una cara completamente desconocida para mí; mucho peor fue descubrir el reflejo de mí asaltante.
Aquella sí era mi cara.

Félix García Fradejas.
Mayo 2016.

martes, 5 de abril de 2016

GORILAS EN LA PLAYA

¿Era pá tanto? Pues no, coño, pues no. Si es que los tíos somos medio gilipollas. Tanto reparo, tanto corte y tanta cosa con lo de venir a una playa nudista por si te empalmas y todo eso y te sacan cantares y qué ha pasado… pues nada. Ni empalmes ni gaitas, de momento, y con el percal que se ve por aquí me da a mí que nanai, será que todavía es muy pronto o lo que sea pero aquí no se ve color, somos cuatro gilipollas y conmigo cinco, y casi tó rabos… Vaya éxito que has tenido, majete, te has cubierto de gloria… Mira que te dijo ayer el fato ese del hotel, el de la pinta chuloputas, cuando le preguntaste si sabía de alguna playa nudista por aquí cerca, que esta cala estaba muy bien, que menudas tías venían… Toma. Aquí no aparece ni el fresco de Bimbo. Treinta eurazos que me ha clavao el del taxi pá ná. Voy a sobar un rato, que encima no se me va la puta resaca. Mira que lo tengo comprobao, venirme yo solo de vacaciones es la puta perdición.

Joder… ¿qué hora es? ¡Me cago en la puta! ¡¿Tres horas que me he quedao esnucao?! Coño, sí que hay gente aquí ahora. Pues sí que iba a tener razón el pinfloid ese del hotel, sí que se pone esto bien, y menuo ganao se ve… ¡Fuá! Mira esa rubia de ahí… Ay, bonita, si voy con lo que te doy… Quieto, Marianito, no la mires tanto, que llevas mucho tiempo con chendo en el banquillo, a ver si se te va a engarrotar y vas a montar tól número aquí, te la tenías que haber sacudido en la ducha esta mañana, si es que eres medio bobo.
¿Y estos julais que vienen por aquí? ¡Jaja! Estos vienen a la caza, fijo. Vaya pinta peleles… Engominados, gafas caras, bronceados, musculaturas, las pichas como chicles, sonriendo a toas las pavas y enseñando kilo y medio de dientes… ¿A estos que les pasa? ¿Les patrocina Profident? Joder, si hasta ahora de espaldas se les sigue viendo la puta sonrisa que llevan… Mira, se han colocao ahí y las empiezan a dar palique a esas tres que tienen cerca. Hala, ahora todo risitas, chistes malos y más risitas todavía. Y se las zumbarán, fijo, no te digo yo… ¿A que me vuelvo la semana que viene pá casa sin follar?
Huy esa que viene ahí, menuda jaca paca… huyhuyhuyhuyhuy… Pelirroja, como a mí me gustan, madurita, lozana, tetorras… ¡Coño! ¡Que ha dejado la toalla y se me va a poner aquí delante! ¡Fuá! ¡Material pá pajas ya!
Me voy a fumar un cigarro que me estoy poniendo nerviosito… A ver que hace… Sí. Deja la bolsa… Me da la espalda… Mira al horizonte como todo Cristo -estará pensando en la de agua que trae este año, yo que sé…- Se quita la parte de arriba del bikini… Madreee… Que lástima no verla las domingas… Ay… Ay, que se quita la braga… Ay, que se la quita… ¡Ahora! ¡Se la quitó! ¡Toma ya! Fffffff… Vaya pandero, me viene hasta el olor… Ay… Se sentó.
Que estará buscando en la bolsa esta maciza… Podía sacar tabaco y no tener fuego y pedírmelo a mí, así la veía el melonar… Pues no. La nivea. Bueno, se van a poner moraos esos dos viejales de ahí enfrente viéndola dársela, los que juegan al pimpón al lado del agua. Ya empieza. Oe, oe, oe, oe… Que gusa me está entrando, la virgen… Mira los abuelos como miran por el rabillo del ojo, que golondros… ¡Jaja! Tenéis mejores vistas que yo, cabrones, que aquí atrás no veo nada, solo la espalda y un cachinín del ojal, si no estuviese sentada no veas tú que panorama…
Hala, ya te has untao por alante bien untada, a ver ahora como te las apañas para darte cremita por la espalda, salada…

-¡Chico! Oye, ¿me harías un favor? ¿Me podrías dar crema por la espalda, que yo sola no me alcanzo? Es que si no me echo crema yo me quemo en seguida… Si no te molesta…
-¿Eh? No no… ¡Sí! ¡Claro! Sí sí…
-Muchas gracias. Espera, que acerco mi toalla a la tuya.

Buenobuenobuenobuenobueno… A mí me ha venido Dios a ver… Que guapa. Que simpática. Que ubres. Menos mal que me he acicalado el nardo antes de venir aquí, que me le he afeitado la tamuja, que ayer parecía Rasputín; de todas formas yo creo que ni me le ha mirao… Bueno, que quieres, normal, ¿no? No se te va a quedar clisada mirándote el nuflo, carapijo…
Vamos, ¿a qué cojones esperas? Que te está tendiendo el bote de crema, ¿no lo ves? A ver si va a ver que te has puesto tó nervi y se va a reir de ti, albardao, zelemeque, que pareces tonto…
Joder, que espalda más calentita, y que bien la huele el pelo a la jodía… ¿Hacía cuanto que no tocabas así a una mujer? Mejor ni lo pienso. Ya no sé si es que tiene la tía esta la piel muy suave y muy apetitosa o eres tú, Marianito, que tienes más hambre que el lagarto la peña, pero me estoy poniendo más bravo que todas las cosas, como empiece a armárseme el cacharro ya verás que numerito, menos mal que está de espaldas y que estamos sentados y no creo que se de cuenta nadie… Que carnes tienes, hija mía, que carnes.
Voy a pasar las manos por su costado, así, a la remanguillé, como por descuido, a ver si toco un cacho teta… ¡Sí! ¡Toqué! Y ni cuenta que creo que se ha dao, porque sigue mirando a los balandros a lo lejos. Joder. Me estoy engorilando vivo.

-Oye, me tumbo boca abajo. Mejor, ¿no? Así me lo puedes dar mejor. Ah, me llamo Judith, que estarás diciendo que la tía esta ni se ha presentado y viene aquí a darme tarea…
-Mariano. Mariano.
-Encantada.
-…ehhh… Sí.

…no me hagas esto, hija de mi vida, que estoy más caliente que el palo un churrero… …como se me ha ocurrido a mí venir aquí sin hacerme antes una toña… Hala… Ya se me tumbó. Joder, que culo tiene esta hija de puta… Y con la cabeza bien cerquita de la chorra, para acabarlo de arreglar. No te quejes; podía haber sido peor. Si se llega a poner mirando pa’lla en vez de pá ti te hubiese tocado levantarte pá seguir dándola la puta cremita de los cojones y es cuando te habría visto como se te está poniendo el badajo hasta el tolai del esquí y el paracaidas ese que está ahí. Joder, es que se me está poniendo como el cuello un cantaor…
Ale, y más nivea, y otro ratito… …Ffffff… No me acuerdo de quien era el que decía que la polla tiene cuatro estados: Blanda, morcillona, dura y dura con brillo. Pues se le olvidó acharolada. Joder, si es que me palpita ya… Ay, que me lo veo venir yo esto, que cuando el asunto se llena de amor que difícil es, oye… …FFFFFF… Como no me diga que ya es suficiente y me tenga frotando otro ratito no me aguanto más, que lo tengo tó en la punta... Es que si levanta la cabeza se da con ella en un ojo, que la tengo como un hierro; no veas que bochorno como la de por mirar…

-Échame también un poco más abajo, Mariano, no te de corte, que se me va a abrasar el culo si no…

La jodimos. Ahora sí que esto ya no hay quién lo arregle. En cuanto la ponga las manos en el culo se acabó.
…Ay, que culo más rico tiene… …Ay, que culo más rico tiene… …Ay, que culo más rico tiene… …Joder, que ya no me aguanto más, que me voy en leche, que me están los güevos dando palmas, míralos, que la voy a poner perdida, encima me está rozando con el pelo en el negocio cada vez que mueve un poquito la cabeza, que no se la ocurra levantarla, por favor… ¡¿Qué hace?! ¡¿La está levantando?! ¡¡Coño!! ¡¡Que me que me que me que me…

-Vale ya, Mariano, muchas gra…¡¡¡AGGGHHH!!! ¡¡¡MI OJO!!! ¡¡¡QUÉ ASCO, HIJO DE PUTA!!!

Félix García Fradejas.
Abril 2016.

viernes, 25 de marzo de 2016

Fin de semana.

Sábado ya. Jorge sale del taller cansado, pero animado; motivos hay para ello, coño. Va a estar casi dos días sin ver a su jefe, de quién ni le apetece acordarse de su puñetero nombre, ese tipo con careto de aguantar varios días con los mismos calcetines y con alguna rémora, algún secreto, alguna vergüenza o alguna mierda detrás, lo que sea, pero algo que le jode y le impulsa a joder a sus subordinados, a joder por joder, a cargar el ambiente y a putear al personal. Hoy la bulla ha sido por una pieza que no aparecía, una biela, y, cuando por fin ha aparecido bajo un banco apartado, ha continuado por no recordar Jorge que él -su jefe- la dejó allí dos días atrás, pero bien podría haber sido por cualquier otra cosa, o por ninguna, y día sí y día también, o casi. Cuando Esther y la niña estaban parece que todo se aguantaba mejor, la actitud del tipo era la misma, siempre fue la misma, desde el principio, pero existía un sostén, un pilar fundamental, una percha, llamémoslo así, que mitigaba todo aquello, que lo subsanaba, que daba sentido a todo y que le daba sentido a él, a Jorge, pero todo se volteó. Esther y la niña se habían ido, y el repugnante, obvio, se había quedado.

Hoy la comida no es ni mejor ni peor por ser fin de semana que la de cualquier otro día. Macarrones con tomate -tal cual, macarrones y tomate-, y buenos son. Da para esto, pues esto se come, que son cuatro duros o euros o mierdas los que caen, y de ahí se descuentan más de cuatro facturas o recibos o cuentas o su puta madre, y el resto, el sobrante, para lo que viene siendo el vivir, naturalmente, el propio rancho, no mucho ni muy buen tabaco y tres cafés y seis cervezas, o algo así. Una vez terminado el plato, fregadero y pitillo, Jorge se tumba un par de horas, que tampoco tiene nada mejor que hacer - quisiera tener/poder tener algo mejor que hacer- y agarra el sueño recordando a la Esther que quiso, a la niña que quiere, sonriendo torcidamente a amores eternos y otros espejismos, escuchando algún programa de radio que no escucha y bostezando el sabor blanco y frío del vaso de leche. Despierta más tarde de lo que esperaba porque así de trastocado es su ciclo, nunca regular, y tose. Ducha, afeitado, un pantalón presentable y una camisa curiosa, colonia ya no, se lustra así un poco los zapatos, sin excesivo esmero, coge su macuto con sus cosas y sale de esa casa que se le viene encima.

Aún le quedan unas pocas horas muertas hasta las ocho de la tarde, su momento semanal, pero él no se queda en esa casa que ya no es un hogar ni un minuto más de los imprescindibles, prefiere pasear, tomar el aire, bajar al centro a ver y confundirse con el mogollón o ir a un parque y sentarse junto a algo de verde, flores, o quizá agua, que percibir -y constatar- como esas sofocantes paredes ya desnudas se adueñan de su aliento, le doblegan, le recuerdan inmisericórdemente su realidad. Al parque va a ser que no, se levanta aire fresco -muy fresco para la época y para su comodidad-, un cine tampoco, rara vez se lo permite, y aún no se acostumbra a entrar solo, a no sentir el tirón en la manga que le recuerda que olvidó las palomitas, una grande o una pequeña de palomitas, o las dos, las cocacolas correspondientes, o, sobre todo, el reír despreocupado de un gag bueno o malo o el llorar oblicuo y de soslayo ante esa jodía escena que siempre es la misma sin nadie al lado que acompañe cómplice su risa o que, con un mohín de ternura y casi reconvención, le pellizque suavemente la mejilla y acerque a ella sus labios. Cine menos, sentenciado. Recuerda, de pronto, haber leído algo en el periódico sobre un concurso de pintura rápida -o una exposición de pintura, o algo así- allí cerca; no le parece mal plan, le gustan estos certámenes, y, con la salvedad de una feria de arte contemporáneo a la que asistió años atrás y que mas que una exposición le pareció una deposición, pasar la tarde mirando cuadros, apreciándolos -no entra en valoraciones, dentro de sus escasos o amplios conocimientos del tema les aprecia él igual que cualquier otro-, disfrutándolos en la medida que sea le serena, le evade, le abstrae, le permite robar unos momentos inestimables al tedio y al asco, así que no lo duda y se dirige allí.

Sale dos horas más tarde. Era un concurso. Había nivel. Participantes -los más- que considera talentosos, capacitados, desde luego aptos -con mejor o peor técnica o técnicas, con mayor o menor perceptividad y/o fabulación-, y otros qué eso, qué bueno, que también participaban, que sonreían mucho y se hacían ver, que incluso se llevaban premios, galardones, cosas, y sonreían más todavía y más se hacían notar, que van para figuras y como tales ya figuran, qué vale, qué muy bien… nada nuevo. Van a dar las ocho de la tarde, es hora ya de ir cogiendo camino hacia las piscinas.

En el pabellón hace calor, mucho. Una atmósfera húmeda, fatigosa, enrarecida de condensaciones, transpiraciones y grados, y diría Jorge que tropical si conociese él el clima del trópico, pero lo más que se acerca a conocerlo son estas o otras piscinas cubiertas, climatizadas tropicalmente; acude al vestuario, se desviste perezosamente y se coloca su equipación de bañista reglamentario -un bañador. Punto- sale de allí, camina un poco por el recinto, se sienta en una grada de hormigón, cercana a la más pequeña de las piscinas -infantil, la llaman- y espera.

Llegan, como siempre, puntuales. Es una asociación de ayuda a discapacitados que, en esta época del año o según su calendario de actividades, acude semanalmente allí, a las piscinas climatizadas. Los chicos se encaminan entre risas, jaleo y ansiedad a la piscina pequeña, frente a la que está Jorge, los monitores les van metiendo en el agua por turnos, juegan con ellos, les vigilan, se preocupan. Jorge observa, atento, sigue con la mirada todas y cada una de las evoluciones del grupo mientras aguarda, paciente, el turno de María, la chica con lesión medular -conoce su nombre porque escucha ya hace más de un año a sus compañeros y a los monitores dirigirse a ella-; llega su turno, acercan al borde de la piscina su silla y dos de los monitores la sacan de ella cogiéndola “a la sillita la reina”, con las delgadas y blanquísimas piernas de María por delante, y se introducen con ella en el agua.

Hace cosa de año y pico acudió Jorge a estas piscinas por primera vez, por sugerencia de un compañero del taller, “haz ejercicio y tal, coño, que te distraerás”, y, como le salía más barato comprarse un bañador que una bicicleta y además le apetecía dejarse un poco la vista guipando a las gachís, se decidió por el baño. No era buen nadador, en el agua era más bien torpón -no llevaba bien la respiración, se fatigaba, unos pocos largos suponían para él una jupa terrorífica- de modo que, después de su primera visita allí y de apenas quince minutos de ejercicio, se planteó no volver, aquello no era lo suyo, no le iba. Se sentó después de ese primer baño -con casi más decepción que cansancio y con intención de terminar de secarse e irse- en el mismo banco que ocupa ahora en un recinto casi vacío salvo por otros tres maromos y, cuando ya se disponía a levantarse, cambiarse e irse, advirtió que un nutrido grupo de gente entraba en las instalaciones, quince o veinte personas, aproximadamente, calculó; con cierta curiosidad por este hecho decidió no marcharse aún, esperar un rato más, observar a los recién llegados, hacer tiempo.

Reparó desde el primer momento en que se trataba de un grupo de discapacitados y los que suponía sus monitores, sus instructores, los que cuidaban y se hacían cargo de ellos, vaya. No hubiese sido un mal empleo ese -pensó-, cuidar a personas, ayudar a personas, mucho más gratificante y enriquecedor a título íntimo que soportar al vinagres de su jefe, no lo dudaba, o que cualquier otro curre de los que había tenido, y le podría haber dado un sentido a su existencia, le hubiese venido bien, sí. Observo, distraido, como se bañaban -aunque por rigurosos turnos, obligados a ello por el escaso numero de monitores. Tres-, como algunos de ellos jugaban en el agua, como otros se quejaban de la temperatura de ésta -estaba como un caldo, decían, y no les faltaba razón-, como reían, y comenzó a sentirse mejor, hasta que llegó el turno de una chica jovencita sentada en silla de ruedas, de poco más de veinte años, calculó, rubia y guapa, muy silenciosa, de expresión triste y mirada huidiza a la que se referían como María. Dos de los instructores la sacaron en brazos de su silla y procedieron a introducirse con ella en la piscina. A medida que se acercaban al borde pudo advertir Jorge como el semblante de la chica cambiaba notablemente, como sus ojos viraban de la melancolía a la expectación, como dejaba escapar una risita nerviosa y fina, un ayayayayay, hasta que, ya en el agua, flotando, boca arriba y sujeta solo de sus manos por sus cuidadores, comenzó a agitar sus piernas, a abrirlas y a cerrarlas, a jugar con ellas, a sentir autonomía, y gritaba de alegría, y lloraba de felicidad, giraba bruscamente su cabeza para mirar a sus compañeros con sus ojos como platos y mientras lo hacía continuaba gritando, y llorando, y sus gritos eran cada vez más potentes, cada vez más estruendosos, pero a nadie molestaban, miró también a sus monitores, y a los escasos usuarios que se encontraban allí, sentados, y a Jorge también, claro, y éste notó como se le subía el corazón a la garganta y no pudo ya contener las lagrimas, miró Jorge a otros dos bañistas sentados no muy lejos de él y se percató de que se encontraban también en su misma situación, tres tíos grandes como castillos llorando a moco tendido. Aquello duró tal vez quince minutos, tal vez mucho más -Jorge no lo podría precisar- hasta que sacaron a María de la piscina y la devolvieron a su silla, momento en que volvió ella a su silencio. Ninguno de los usuarios allí presentes quiso mirar su cara cuando sucedió aquello, todos ellos agacharon la cabeza y miraron hacía abajo. Largo rato.

Ahora María está de nuevo en el agua. El ritual viene siendo el mismo al que lleva Jorge acudiendo devotamente desde hace más de un año; sus gritos, sus lagrimas, sus movimientos, sus miradas, su expresión. Su gozo, su felicidad. Ella es por unos momentos dichosa y él, cuando esto ocurre, cerca siempre, invariablemente, colmándose de todo ello.

La hora de cierre del pabellón es a las diez y media de la noche, Jorge muchas veces espera a que se vacíe de gente y sale también él. Hoy lo ha hecho igual. Cruza la puerta cargando al hombro el pequeño macuto que apenas pesa, ocupado solamente por un bañador que siempre va y vuelve seco y unas chanclas, y se despide del portero:

- Hasta la semana próxima, Jaime. Buenas noches.
- Buenas noches, Jorge. Hasta el sábado.

Félix García Fradejas.
Marzo 2016.